Batalla decisiva en el circo romano

El aire parecía pesarle en los pulmones. Su cuerpo se curvaba hacia delante, los brazos extendidos hacia el suelo, como si quisiera tocarse los pies. El pelo azabache le caía por delante de la cabeza, cubriendo su rostro. Estaría mirando al frente o abajo, daba igual, cuando comenzó la carrera. Los cincuenta metros que los separaban se convirtieron en unos centímetros, unos cuantos segundos después. Él se esperaba el choque y no se movió de la baldosa en la que se encontraba. Un pie enfundado en una humilde alpargata blanca y negra salió disparado hacia su cabeza. Lo paró con una mano, agarrándolo por el tobillo. Con fuerza, lo lanzó hacia arriba. Ella dio un giro completo en el aire y volvió a quedarse en la misma posición, un par de metros atrás. Resoplaba con fuerza, haciendo notar que el aire de sus pulmones pesaba. Quería espantarlo, quería que sintiese temor. Pero no quería que rogase por su vida. Tampoco iba hacerlo. Ni sentir temor ni espantarse. Permanecería allí, aguantando todas las acometidas, hasta que uno de los dos pusiese fin al encuentro. Él muriendo. O ella. Ambos matando, desde luego. Era irrefrenable ese acontecimiento, ese desenlace obvio que se había dado lugar nada más comenzar la pelea. Todas las opciones de futuro posible habían quedado eliminadas cuando le puso la mano encima. Si alguna vez hubo elecciones en la vida, ahora ese lujo había desaparecido. Qué más, qué más. ¿Podía hacer algo más? No, no. No analizó el futuro, las posibilidades, los futuribles finales. Tan solo se concentró en aquí, ahora. En él. Él, él. Ahí quieto, desafiante.  Había esperado, pacientemente, veinte años. Él. No ella. Ella no había sido paciente. Cada paso que daba era para acercarse a él. Ahora no podía contener más la ira. Ira, sí. Eso era lo que exhalaba. Ya no era aire, era pura y simple ira. Ira desde lo más profundo de su ser.

Poco a poco, se enderezó. Parecería que estaba mostrando respeto por su adversario o por aquel instante. No. Solo estaba cambiando de técnica. Se enderezó y adelantó un pie. Un brazo, con la mano estirada, atrás. El otro, delante, igual. Ahora lo miraba a los ojos. Él seguía impertérrito. Si estaba impresionado, no lo demostraba. Quizá le daba igual y aquello era otro combate cualquiera en su vida. Una víctima más. Como hacía veinte años. Cuántas víctimas desde entonces. Cuánta sangre. Cuánto fervor juvenil como aquel. Estaba emocionado, pero no lo quiso demostrar. Después de todo, él había creado a aquella pequeña. Ahora, una mujer lo desafiaba. Lo vio en sus ojos, en su pose, en sus gestos. Tenía la muñeca dolorida, el impacto de antes había sido muy potente. La pequeña había aprendido bien. Lo rastreaba con la mirada, sopesando donde debía ser el siguiente golpe. ¿El pecho? ¿Una pierna? ¿La cabeza, de nuevo? Daría igual, estaba condenada. Todos lo estaban. Aquello era un juego, uno delicioso. Creaba un incidente que, como agua al fuego, hervía lentamente hasta bullir en un clímax de sangre y furia. Qué divertido sería, qué divertido. De seguir vivo. De no sangrar por la boca, sintiendo como cada suspiro era el último, el último. Su cuerpo deja de responder, se va, se va, se pierde en una maraña de negrura, el fin, el fin. Adiós, adiós.

La alpargata ahora era roja.

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